Peacock escribió, entre 1818 y 1822, la primera novela dedicada a Robin Hood, su prometida Marian y sus alegres camaradas. Una comedia bufa cargada de sátira hacia los poderosos de la tierra y llena de ingenio y poesía:
Robin y Marian habitaron y gobernaron el bosque, los claros y la espesura desde los maitines de la alondra hasta las vísperas del ruiseñor, y administraron la justicia natural de acuerdo con la idea de Robin de rectificar las desigualdades de la condición humana: extrayendo un benéfico rocío de las bolsas del rico y el perezoso, y devolviéndolo como lluvia fertilizante al pobre y al industrioso; una operación que gobernantes más sabios felizmente han invertido, para indecible beneficio de la comunidad en general. Los ligeros pasos de Marian quedaban impresos en el rocío de la mañana junto a los más firmes de su amado y proyectaban a su alrededor sus grandes gotas al abrirse paso a través de los espesos y altos helechos, sin miedo alguno a cogerse un constipado, lo que no estaba muy de moda en el siglo doce. Robin era tan hospitalario como Cathmor; pues siete hombres guardaban siete pasos para invitar a los extraños a su fiesta. Es verdad que él añadió la pequeña mejora de obligar al extraño a pagarla: qué podía ser más generoso que esto? Pues Cathmor era el principal donante en sus festejos, mientras que Robin sólo era intermediario entre una serie de extraños, que a su vez proveían para el agasajo de sus sucesores; lo que significa llevar el desinterés de la hospitalidad a su apogeo. Marian mataba a menudo al ciervo,
que Scarlet aliñaba y el fraile Tuck santificaba,
mientras Little John buscaba un huésped que lo pagara.
T. L. Peacock (1786-1866) demostró en sus siete novelas ser un autor de la estirpe de Aristófanes, Rabelais, Sterne y Swift. Incisivo escritor satírico y desenfadado humorista, trabaja su prosa con un gran estilo que sabe combinar la opereta con la dialéctica socrática, la contemplación poética con la farsa grotesca, el gag cómico con el debate filosófico, la prosa con el verso y el diálogo dramático. Su poesía temprana le valió la amistad del poeta P. B. Shelley, pero las novelas, que caricaturizaron a su amigo en varias ocasiones, además de a otros muchos personajes de la cultura y la política de su tiempo, merecieron también la admiración de Byron, Virginia Woolf, Aldous Huxley (que le utilizó como modelo en sus primeras novelas), Robertson Davies (otro discípulo) o Alberto Manguel.