Entre la cifra oculta y silenciosa de lo real, y el ejercicio servil de lo cotidiano, D rsenas acumula (recolecta y fondea) su tradici n: una po tica en la cual se oficia -sublimando con garbo el ritmo propio de la lengua- una parodia existencial. Inmersa aqu en cierta metaf sica del ardor, la poes a quiere significar ese registro de entrada de la realidad, y en su lugar ofrece solo su representaci n: m sica y jerogl ficos. Si es cierto que, seg n Deguy, la conmoci n de la poes a aspira a destruir la resistencia del sentido, en D rsenas, esa resistencia t rnase aliviadero frente a las cargas simb licas de lo real y su ilustraci n fon tico-versal. Puestas a cubierto, esas "cargas" incluyen la aceptaci n de un viaje discursivo por jirones y p ramos del lenguaje, una extensi n sonora bajo la cual el poeta supone su fondeo. Y ello ocurre, ciertamente, all mismo: de Shambhala a Manoa, sustituyendo vidrio por arcilla.